El cerebro es como un ordenador, o no.

Buenas tardes! Hoy comparto con vosotros una reflexión del gran neuropsicólogo. Javier Tirapu. Él la comparte en su muro de facebook, la copio aquí por si alguien no tiene acceso por ese método. Espero que la disfrutéis tanto como yo.

EL CEREBRO ES COMO UN ORDENADOR

Stanley Kubrick en su magnífica (y un poco lenta) película “2001, una odisea en el espacio” nos presenta a “HAL” (siglas anteriores a IBM), un ordenador que dirige la nave espacial en la que sus protagonistas viajan a través del espacio, un ordenador que observa y escucha a sus ocupantes las 24 horas del día. Cuando sospechan que “HAL” (o sus programas) puede estar cometiendo algún error y piensan en “desenchufarlo” éste trata de acabar con ellos.

En “Blade Runner” de Ridley Scott (una de mis películas preferidas) un detective desaliñado y vulnerable, consumido por el alcohol, la duda y el derrotismo, persigue con tenacidad en una futurista y sórdida ciudad de Los Ángeles a un grupo de fugitivos de la justicia, hasta eliminar a su jefe, el más peligroso de ellos, en un duelo encarnizado. Los evadidos, a cuya caza va el protagonista, no son otra cosa que replicantes, es decir, robots androides, productos refinados de la ingeniería genética, hechos de carne y sangre además de plástico y componentes electrónicos. Son tan perfectos que prácticamente nadie podría distinguirlos de los humanos. Cuatro replicantes, obreros ejemplares, regresan de un satélite artificial a la Tierra buscando prolongar su exigua vida de cuatro años adultos pero irremisibles. No tienen más que un proyecto perentorio y una sola ilusión humana, terriblemente humana: durar, es decir, vivir un poco más.

La película dirigida por Steven Spielberg, Inteligencia Artificial, nos transporta a una época futura donde los recursos naturales son limitados y la tecnología avanza a un ritmo vertiginoso. Los alimentos son creados por ingeniería genética y hay un robot capacitado para satisfacer todas las necesidades humanas, excepto el amor. La emoción es la última y controvertida frontera en la evolución tecnológica pero “Cybertronics. Manufactured”, ha creado a David, el primer niño robótico programado para amar. David es adoptado a modo de prueba por un empleado y su esposa que anhelan a su hijo que se encuentra en estado de crionización por padecer una enfermedad incurable. Sin la aceptación final de los humanos; David emprende un largo viaje para recuperar el amor de su madre descubriéndonos un mundo en el que la línea entre robot y máquina resulta profundamente delgada.

Estas tres películas tratan de escenificar el ya viejo debate centrado en si las máquinas podrán emular al ser humano, o si el ser humano podrá llegar a crear una máquina de su mismo nivel de complejidad (o superior). Las apuestas siguen en lo más alto de su cotización. En nuestro caso vamos a acercarnos a este tema desde dos puntos de vista que, probablemente, no son excluyentes.

De hecho, no es infrecuente, que cuando deseamos explicar “cómo funciona el cerebro”, incluso a nuestros pacientes, utilicemos el símil de un ordenador y les explicamos que es un sistema que recibe información (input), procesa esa información (procesamiento) y emite una respuesta en forma de conducta (entendida conducta como todo lo que un ser humano hace). Este símil se basaría en los modelos computacionales de la mente.

El primer planteamiento se basa en intentar escudriñar en las similitudes entre un ordenador y un cerebro. Los dos parecen tener en común que han sido diseñados para trabajar con información, es decir, reciben información, la procesan y emiten un resultado. Así, el cerebro capta datos del medio interno y externo a través de los órganos de los sentidos, trabaja con esa información y emite una conducta apropiada (o inapropiada) a la situación.

Asimismo, el cerebro y el ordenador guardan la información en su memoria para hacer uso de ella posteriormente si otra situación lo requiere. Otra cuestión más compleja que no abordaré con profundidad aquí es el de la Inteligencia Artificial (IA) La hipótesis fundamental que subyace a toda la investigación de la IA es la concepción de que pensar es meramente un asunto de manipulación formal y sistemática de símbolos. Y los computadores son precisamente sistemas de manipulación de símbolos, que es aquello que se supone que hace justamente una mente humana cuando piensa. De hecho, un proceso computacional tiene que ser formal para que sea mecanizable, esto es, la computación misma requiere que los símbolos sean meramente formales y no tengan un significado determinado. En conexión con lo anterior, la IA sostiene que tal manipulación no supone una conexión necesaria con ciertos medios físicos en la que tal función pueda llevarse a cabo. Esto quiere decir, que los procesos que se definen con el nombre de inteligencia son independientes de su instanciación material, pues, es un hecho contingente e irrelevante que las máquinas que manipulan símbolos estén hechas de silicio o cualquier otro material: no hay nada esencialmente físico que defina que algo puede tener mente y tener estados cognitivos. Aunque se forma muy resumida (lo que limita su explicación) diría que la IA a diferencia del modelo computacional debe cumplir con estas “condiciones”:

  • ejecución de una respuesta predeterminada por cada entrada (análogas a actos reflejos en seres vivos),
  • algoritmos genéticos (análogo al proceso de evolución de las cadenas de ADN),
  • redes neuronales artificiales (análogo al funcionamiento físico del cerebro de animales y humanos),
  • razonamiento mediante una lógica formal (análogo al pensamiento abstracto humano) 
  • el software modifica el hardware.

Si me permitís me voy a detener un momento en el razonamiento algorítmico, muchos trabajos señalan que el ser humano resuelve problemas o toma decisiones basándose en la probabilidad pero yo creo que el razonamiento del ser humano es básicamente algorítmico (se entiende por algoritmo un número finito de pasos que conducen a una solución (En la imagen tenéis un ejemplo de algoritmo sencillo de la vida cotidiana).

El segundo planteamiento desde el que podemos analizar esta comparación se basa en examinar las relaciones entre el mundo físico y el comportamiento. De este análisis deducimos que el universo de la mente se puede asentar en el mundo físico. Las máquinas pueden ganar al hombre en una partida de ajedrez utilizando sistemas computacionales. Durante miles de años, la distancia entre los sucesos físicos, por un lado, y los contenidos, ideas, razones o intenciones del ser humano por otro, han partido el mundo en dos: el mundo de la materia y el del espíritu. Sin embargo, los ordenadores nos han enseñado que la distancia entre esos dos mundos es más corta de lo que creíamos, que gran parte de nuestra actividad mental se puede explicar en términos de entrada, procesamiento y salida. Las ideas y los recuerdos residen en estructuras del cerebro y son resultado de la actividad del mismo, pensar guarda relación con combinar informaciones del programa. Las intenciones y los deseos trabajan como lo hace un termostato, reciben información sobre la discrepancia entre un objetivo y el estado actual de la situación para poner en marcha mecanismos que reduzcan la discrepancia. La mente es el producto de la actividad cerebral, el cerebro está conectado al mundo por los órganos sensoriales y por programas motores, mediante los que el cerebro controla la musculatura.

Como señala Steven Pinker, catedrático del Instituto de Tecnología de Massachussets, esta idea general se puede denominar “teoría computacional de la mente” y no es lo mismo que la “metáfora de la computadora”. Esta última afirmaría que algunas máquinas de fabricación humana y el cerebro pueden ser explicados en parte, por los mismos principios. En el fondo, no resulta tan extraño que una especie pueda fabricar herramientas que pretendan simular sus comportamientos. La tecnología y el mundo natural tratan de solaparse con cierta frecuencia, por ejemplo, cuando afirmamos que un juego de lentes simula el funcionamiento de un ojo no decimos que son “el ojo en si mismo”.

Yo diría que los ordenadores simulan una parte de la maquinaria cerebral pero no todo el cerebro. Los ordenadores no parecen saber mucho de emociones, no parecen conocer la intuición, no parecen tener mucha conciencia de si mismos y no parecen poder anticipar lo que otros ordenadores sienten. Sin embargo, la teoría computacional de la mente nos ha enseñado que conceptos como saber y pensar son resultado del trabajo de la máquina, que la racionalidad y el conocimiento pueden surgir en un lugar y en un tiempo determinado, bien en el tejido cerebral, bien en un chip que trata de simular ese funcionamiento cerebral.

Nada de lo comentado hasta aquí significa que el cerebro funcione como un ordenador, que la inteligencia artificial pueda llegar a ser igual que la inteligencia humana o que los ordenadores tengan experiencias subjetivas y lloren, rían o sientan asco. Lo que simplemente deseo indicar es que algunas operaciones mentales como recordar, pensar, procesar información o combinar datos se pueden asentar en el mundo físico, la mente y el cerebro son lo mismo, no puede existir mente sin cerebro y no deberían existir cerebros sin mente (aunque a veces lo parezca).

EL ORDENADOR NO ES COMO UN CEREBRO.

Ahora conocemos algo más sobre las similitudes entre una computadora y el cerebro pero ¿qué es lo que realmente nos diferencia?

Gerald Edelman y Giulio Tononi publicaron en el año 2000 un magnífico libro titulado “El universo de la conciencia: cómo la materia se convierte en imaginación”. En esta obra ambos autores, resumen perfectamente en qué no se parecen las computadoras y el cerebro: “nuestra somera revisión de la neuroanatomía y de la dinámica neuronal indica que el cerebro posee características especiales de organización y funcionamiento que no parecen ser coherentes con la idea de que siga una serie precisa de instrucciones o que realice cálculos. Sabemos que el cerebro está interconectado de una manera que ningún ingenio humano puede igualar”.

Son varias las razones que esgrimen Edelman y Tononi para argumentar esta afirmación. En primer lugar, los billones de conexiones del cerebro no son exactos. Si nos planteamos si las conexiones de dos cerebros del mismo tamaño son exactamente iguales la respuesta es “no” y si nos preguntamos lo mismo de un ordenador la respuesta es “sí”. No existen dos cerebros iguales, ni siquiera los de dos gemelos idénticos que comparten el mismo código genético. Las posibilidades inmensas de conexiones entre neuronas hacen que cada cerebro sea único y que existan tantas mentes como cerebros pueblan y han poblado el planeta Tierra.

Este argumento queda bien ilustrado con el ejemplo del lenguaje. Cada ciudadano, como usted o como yo, podemos utilizar en nuestro vocabulario cotidiano unas 5000 o 6000 palabras con las que continuamente estamos elaborando combinaciones que nos permiten producir lenguaje diferenciado a lo largo de toda nuestra vida. Aunque repetimos con más frecuencia de lo que sería deseable algunas palabras o prefijos no es menos cierto que cada ser humano que utilice cualquier idioma es capaz de producir una frase que no haya sido producida anteriormente por él mismo o por ningún otro. Si ampliamos algo el número de palabras obtenemos toda la historia de la literatura universal, millones y millones de historias, cada una diferente, que se crean combinando un número finito de palabras.

Una segunda razón para este argumento es que en cada cerebro las consecuencias de su historia de desarrollo y de su historia experiencial quedan marcadas de forma única. Además, estas conexiones se van fortaleciendo, eliminando o sustituyendo por otras en función de las experiencias a las que nos sometemos. Ninguna máquina puede en la actualidad crear y destruir programas con la facilidad que lo hace el cerebro humano, ningún ordenador en la actualidad puede incorporar tal diversidad individual como característica central de su diseño.

La tercera razón se halla más relacionada con las señales que un cerebro recibe y como procesa esas señales. Como hemos visto anteriormente, el cerebro es capaz de organizar y categorizar la información que recibe del exterior. Categorizar y organizar imágenes, sonido o señales táctiles es algo que hacen muy bien los ordenadores y de forma bastante similar a la del ser humano. Los ordenadores se hallan dotados de sensores externos (micrófono, pantalla táctil, cámara) que reciben estímulos los categorizan y los organizan. Lo que no puede hacer un ordenador es procesar el contenido de la información sin un código preestablecido. Necesitan un programa previo para hacer algo con la información organizada. Los ordenadores son incapaces “por sí mismos” de relacionar la información y mucho menos de reconocer contenidos nuevos y actuar en consecuencia.

Hace unos años se celebró en Lisboa una conferencia mundial sobre “comunicación oral entre personas y máquinas”. La presidenta de la organización, la portuguesa Isabel Trancoso subrayó que existen programas informáticos que reproducen lo que las personas les dictan pero sin llegar a entenderlo. El gran desafío es que los ordenadores logren extraer el significado, descifrar el lenguaje humano, mantener diálogos, transmitir emociones o eliminar el sonido desagradable del sintetizador. Un ordenador no ejecuta lo que no tenga programado, nosotros improvisamos nuevas formas de actuar ante nuevos estímulos. Esta capacidad de organizar la percepción con diferentes tipos de señales para la visión, el oído o el tacto dividiéndolas en clases coherentes sin un código preestablecido sigue sin ser comparable al trabajo de un ordenador.

Otro argumento importante es la propia dinámica neural, es decir, como los patrones de actividad del cerebro cambian con el tiempo. La característica fundamental y más importante del cerebro de los vertebrados es el constante y recursivo intercambio de señales en paralelo entre áreas recíprocamente conectadas del cerebro, un intercambio cuyo fin es coordinar constantemente la actividad de estas áreas tanto en el espacio como en el tiempo para adaptarnos al cambiante mundo que nos circunda. Para Edelman y Tononi todo ello está ausente en el mismo grado en cualquier ordenador.

Searle plantea que el cerebro es un órgano con rasgos y propiedades intrínsecas. El pensamiento humano es distinto a los procesos computacionales digitales. Las únicas cosas intrínsecas en un ordenador son los circuitos electrónicos y encontramos maneras de unir, en ellos, computación con interpretación. En un ordenador todo es relativo y se refiere a un observador, cosa que no se da en las máquinas biológicas. La computación matemática es un proceso mental abstracto que encontramos maneras de implementar en una máquina diseñada para ello. Pero es un error pensar en el cerebro como un ordenador. ¡Es un órgano! No es más parecido a un ordenador que un corazón o un estómago. Para Searle no habrá ordenadores que piensen como los humanos porque la única manera que tendría un ordenador de pensar sería que fuera consciente. Y no sabemos hacer ordenadores conscientes. No tenemos ni idea de cómo hacerlo porque nosotros no hemos creado nuestra propia conciencia. Así que, para Searle, la idea de hacer ordenadores conscientes es una quimera.

Aunque estos autores explican algún motivo más, creemos que los aquí descritos son los fundamentales. Como advertimos en su argumentación, sus razones parecen guardar más relación con la complejidad del sistema que con características inherentes a cada uno de ellos. Pero además de estas características cuantitativas existen otras de orden cualitativo como, por ejemplo, el papel que juegan las emociones en el procesamiento de la información en el cerebro o en el ordenador. El cerebro humano posee un potente sistema que dota de valencia emocional a cada una de las percepciones de todo lo que le rodea. Un ordenador tal vez pueda percibir un objeto y reconocer que las características de ese objeto corresponden a las de una manzana pero no valora si la manzana le gusta o no le gusta y no puede evocar los recuerdos del olor de aquel manzano cercano a la casa de sus tíos en el pueblo. Esta es una de las grandes riquezas del cerebro humano, crear un mundo subjetivo de la objetividad, tener la sensación de que lo que percibimos es lo mismo que otros perciben pero dotándolo de una riqueza emocional que hace que esa percepción me pertenezca y sea solo mía, mezclar el conocimiento con la emoción para hacerme un ser irrepetible.

Para terminar una de esas observaciones “mías” curiosas sobre el ser humano pero en la que subyace, tal vez, una de las claves de esta cuestión. Creo que no existe ninguna especie sobre la Tierra que pueda tener la complejidad de llevar a cabo procesos computacionales como un ordenador, incluso pueden ganar a un ser humano jugando al ajedrez. Pero he observado durante mucho tiempo una cuestión que no consideró baladí. Y es que creo que lo que hace que atribuyamos mente a “algo” no radica principalmente en su “capacidad computacional”. ¿Por qué pensé esto?. Mirad, si admitimos que no existe. especie animal que tenga la complejidad computacional de un ordenador, esta no debe ser la clave para que atribuyamos mente a “algo”. ¿Por qué lo pensé?. Porque no conozco a nadie que abandone una animada fiesta de amigos para ir preocupado a su casa porque hay un programa de su ordenador que al marcharse le ha “parecido que no funcionaba bien”. Sin embargo, conozco a muchas personas que si son capaces de volver a su casa antes de lo previsto porque al marcharse les ha parecido que su perro estaba triste y algo le puede pasar, incluso conozco a personas que regresan con cierta prisa a vera su canario que hoy “se le veía menos alegre”, incluso desde niño veía mi abuela hablar con cariño a sus plantas y preguntarles que tal estaban hoy e incluso les decía “hay mira tú que maja y que buena vaya flor tan preciosa que me regalas”. Entonces solo se me ocurrió una explicación tan sencilla, que si pudiera ser cierta me parecía sublime y maravillosa. El atributo fundamental (aunque no único) que debe tener algo para que le atribuyamos mente es simplemente uno: que sea un ser vivo, si, que posea vida “propia”.

Un saludo

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